En recuerdo de don Víctor Martín Martín-Tereso

don Víctor

 

El pasado 21 de octubre de 2021 falleció don Víctor Martín Martín-Tereso. Nuestro Arzobispo, don Francisco Cerro, presidió las exequias por su alma en nuestra iglesia parroquial de Sonseca.

En su homilía, don Francisco destacó algunas cosas que nuestro Señor Jesucristo nos dice con la vida y con la muerte de don Víctor. Su vida identificada con las Bienaventuranzas: Bienaventurados los que tienen un corazón ilimitadamente bueno, como el de Jesús; El Señor es mi pastor, nada me falta: Aunque pasemos por cañadas oscuras, siempre nos acompaña el Señor; Vivid entregando y dando a Jesucristo: Señor, ayúdanos a vivir estas realidades. Cuando un cristiano muere, no se va a no hacer nada. Don Víctor seguirá trabajando en el cielo, intercediendo por todos nosotros.

Todos los que hemos conocido a Don Víctor sabemos que ha sido un sacerdote feliz, entregado y generoso hasta el final. Dios le ha concedido una vida sacerdotal muy activa, muy entera, celebrando la Santa Misa y confesando hasta una semana antes de morir.

A sus 95 años celebraba la Santa Misa todos los días de diario, junto con don Primitivo, en la ermita de la Virgen de los Remedios; en Casalgordo los primeros domingos de mes; y concelebraba en la Santa Misa de los domingos al mediodía en la parroquia. Siempre disponible para confesar y ayudar en la parroquia.

Sacerdote alegre, con sentido del humor, con muchos chascarrillos. Cuando se le preguntaba: ¿Cómo está don Víctor? El respondía: ‘Mejor que el país’. Todos hemos disfrutado de sus comentarios durante la lectura del Evangelio y su espontaneidad cuando de regreso a la sacristía repartía caramelos a los niños.

Su etapa como misionero por más de 20 años en Argentina le marcó profundamente y le llenó de vitalidad y novedades pastorales. El encuentro con la fe sencilla de los argentinos hizo que disfrutara muchísimo como sacerdote hasta que las fuerzas le empezaron a fallar y decide regresar a su pueblo natal de Sonseca.

Hay que destacar de don Víctor cómo supo prepararse para morir, para ir al encuentro de Dios con las manos vacías de las cosas materiales, llenas de caridad y buenas obras. Él mismo solicitó recibir el sacramento de la Unción de los Enfermos. Es una hermosa enseñanza, una de tantas: Estar siempre preparados, vivir en gracia de Dios, no tener miedo a la muerte, que nos abre la puerta a la eternidad.

Es un don de Dios morir así, poniendo en práctica las palabras de Jesús en el Evangelio que tantas veces habría predicado:  “Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre” (Lc 12,40).

Todo lo tenía previsto hasta la lectura de una carta que entregó al párroco para ser leída el día de su entierro, a modo de testamento espiritual, y que reproducimos a continuación, con el permiso de su familia, convencidos de que hará mucho bien y emocionará a todos las que la lean.

Carta de don Víctor: Bienvenidos y muy queridos todos: PAZ Y BIEN.

Gracias por vuestra presencia y, sobre todo, por vuestras oraciones, pues no quiero flores, sino oraciones, porque si me traéis flores, os lo agradecerá mi familia; pero si rezáis por mí, os lo agradeceré yo.

Como lema de mis estampas-recuerdo de mi Ordenación y Primera Misa elegí: “Animas quaerere Tibique soli servire”. = “Buscar las almas y a Ti solo servir”, tomado de S. Juan Bosco. Es cierto que lo he intentado y también es cierto que no lo he conseguido por mis debilidades y deficiencias de todo orden. No obstante oso citar a san Pablo: “Bonum certamen certavi, cursum consummavi, fidem servavi” = “He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he mantenido la fe.” (II Tim.,4,8,)

He sido muy feliz en todos los sitios a donde he sido destinado: Pastrana y Valdeconcha, Drieves y Mazuelos (Guadalajara), Sonseca con Casalgordo, Alía y La Calera (Cáceres), Ventas con Peña Aguilera y veinte hermosos años en Yerba Buena (Tucumán. Argentina), donde he disfrutado de modo especial del afecto y cariño de aquellas buenas gentes. Siempre pensé dar algún tiempo de mi vida a América para conservar y aumentar en lo posible la semilla de la Nueva Buena del Evangelio, que innumerables misioneros y misioneras, anónimos y heroicos, sembraron durante siglos en aquellas benditas tierras, luchando con los indios, los mosquitos, enfermedades e incomodidades sin cuento. Si ahora con las facilidades y comodidades actuales no lo hacemos, no tenemos perdón de Dios.

Todo tiene su comienzo, su desarrollo y su fin; también la vida humana de cada uno: la mía ya ha llegado a su fin. Pero la verdadera vida divina, que empezó en nuestro bautismo, no termina jamás y tras lo que llamamos muerte continua en el Cielo. Porque morir no es cerrar los ojos porque se acerca la noche final, sino bajar los párpados para que no nos encandile la luz del AMANECER.

Cuantas veces hemos cantado: Juntos como hermanos … vamos caminando al encuentro del Señor …” El primer gran encuentro el Bautismo, donde, como hemos dicho, empezó la verdadera vida; luego 1ª confesión, 1ª Comunión, Confirmación, para muchos el matrimonio, para algunos el Orden Sacerdotal y para algunas la Profesión Religiosa. Y está el encuentro de cada domingo y algunas fiestas. Encuentros parciales, que nos preparan para el encuentro definitivo tras la hermana muerte, que diría S. Francisco de Asís.

Tenemos una patria: España. Pero nuestra verdadera Patria es el CIELO, hotel de mil estrellas, donde ya no hay dolor, ni tristeza, ni muerte, sino amor, vida y alegría para siempre, que deseo de corazón a todos los aquí presentes.

Recen por mí. Y ya no un adiós definitivo, sino un ¡HASTA LUEGO!, pues NOS VEREMOS EN EL CIELO!, aunque quizá no todos.

 

 

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